De Córdoba a Madrid (y vuelta) 8

 Capitulo 8: La ilusión


Hoy es 12 de abril. Hace un rato cortamos la llamada y me quedé en silencio, dejando que el eco de su voz todavía flote en el cuarto. Es curioso cómo funciona la memoria: mi mente me llevó de inmediato al 12 de abril de 2018. Aquel día caí en un pozo ciego, uno de esos que te roban la luz por años. Pero este 12 de abril es otra cosa. Es el polo opuesto. Es el aire que me faltaba. 

Me estoy dando cuenta, paso a paso, que esto no se trata solo de Iker y de mí. Se trata de lo que estoy resolviendo yo sola, acá adentro. Hace unos días le hice una confesión que me salió del alma: le dije que me hacía sentir en casa. Si mis viejos leyeran esto, quizás sentirían una tranquilidad inmensa después de haberme visto tanto tiempo como un zombie en mi propia vida. Sentir que estoy en casa es sentir que soy libre, que puedo ser yo sin censurarme, sin pedir permiso para existir.

Duele decirlo, porque no quiero ser injusta con quienes me acompañaron, pero nunca antes me había sentido segura y relajada como con mamá y papá. Siempre sentía que tenía que cumplir las expectativas de alguien más, como si mi identidad fuera algo que molestara. Todavía no termino de entender por qué me siento así con él. Quizás sea porque con Iker no tengo que pelear contra nadie, ni competir por su amor, ni dejar de ser yo para encajar. Es una mezcla mágica entre su seguridad, que me contagia, y mi propia decisión de elegir creer. 

Camino por los espacios de esta casa y el pensamiento es inevitable: pronto vamos a estar juntos acá. Una parte de mí, esa que todavía guarda cicatrices, me susurra: "Si no sucede, te va a doler el doble". Pero elijo no escucharla. Quiero creer, y creo. Estoy aterrada, y si yo tengo miedo, me lo imagino a él, dejando todo atrás. Automáticamente me dan ganas de abrazarlo fuerte y decirle: "Estamos juntos en esto". 

Me genera un nudo en la garganta pensar que Iker tiene que dejar a su familia. Aunque él diga que ya quería irse, aunque odie los alquileres de España... separarlo de los suyos me pesa. Si pudiera, pegaría con pegamento a Argentina con España para que nadie tuviera que extrañar. Me duele no estar hoy ahí con él, mientras se va despidiendo de a poco de su país, pero entiendo que mi rol ahora es acompañarlo desde esta espera.

Hago la cama y me quedo mirando las sábanas. Pienso que es una de las últimas veces que la hago para mí sola. Incluso redactar estas líneas, con la música en loop en los auriculares, se siente como un ritual de despedida de mi vida sola. A veces siento que soy demasiado sensible para este mundo, y eso es tanto un don como una maldición. Pero me permite apreciar los últimos momentos de esta etapa antes del gran cambio... ¿Podrá Iker frenar dos minutos y darse cuenta de esto también? Sé que yo tengo la parte "fácil" de esperarlo en casa, pero las despedidas de las etapas (sean largas o cortas) siguen siendo duelos. Solo espero estar acompañándolo bien. 

Estoy en un estado extraño, mezclada entre la espera y verlo como un fantasma por la casa. No puedo evitarlo: anhelo girar la cabeza ahora mismo y que esté sentado en el sillón. Irme a la cama y verlo ahí, leyendo.

Me siento en la recta final de esta maratón que empezó en noviembre de 2025. El último tramo siempre es el que más te agota las piernas, pero creo que ya pasé lo peor. Aunque sé que el día que vea ese boleto de avión comprado, va a arrancar una mini maratón nueva. Me imaginé tantas veces el encuentro en el aeropuerto... Cierro los ojos y lo veo llegando, buscándome con la mirada entre la gente. Veo mis ojos llenándose de lágrimas y mis piernas corriendo hacia él para hundir mi nariz en su cuello. De ahí, de ese abrazo, no quiero salir nunca más. 

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